Mostrando entradas con la etiqueta Comentarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Comentarios. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de julio de 2012

ESO NO ESTÁ EN LA BIBLIA - CUARTA PARTE

La mayoría de la gente piensa, que “todos somos hijos de Nuestro Padre Celestial”. Me complace muchísimo decirles que eso no es cierto. Y digo que me complace porque solemos vivir atados a ideas o conceptos errados, caminamos creyendo esas cosas y nunca sentimos la necesidad de hacer algo para cambiar nuestra equivocada condición, porque de buena fe consideramos que estamos bien, que nada podría, “separarnos del amor de Dios”, pero la Biblia dice: "Conocereis la verdad, y la verdad os hará libres". Y es que Dios tiene tantas y tantas bendiciones para sus hijos, tiene tan maravillosos planes con nosotros, y es su pensamiento de bien para con sus hijos tan alto, tan alto, que nuestra mente jamás habría podido ni siquiera acercarse a lo que Él tiene pensado para nuestro futuro. El punto es que esas promesas, esas bendiciones están ahí, esperando para que vayamos por ellas, pero sólo los hijos pueden acceder a la casa del Padre.
Bueno, se estarán preguntando ¿y quién es hijo y quién no? Eso era lo que quería compartirles hoy. Y, no lo digo yo, obviamente, porque entonces estarían en capacidad de creerme a mí simplemente, y eso no daría mayor resultado, creo. Pero, repito, no lo digo yo, lo dice la Biblia: “Más a los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Así de sencillo. Ahora, allí se refiere a recibir a Jesús. Pero, ¿qué significa recibir? Con mi esposa vivimos en un apartamento no muy grande, pero que se ajusta a nuestra necesidad actual. Nos visitan con frecuencia, porque nos gusta ser visitados, pero suelen ser el mismo círculo de personas: muy, muy pocos amigos, y nuestros familiares. Claro, desearía, de todo corazón lo digo, compartir con la gente que conozco o me conoce, mis contactos de Facebook o de cualquier red social, pero las circunstancias a veces no lo permiten. Ese cerrado círculo de personas que visitan nuestro hogar, tiene con nosotros afinidades, congruencias, cercanías, sinergias, familiaridades. Es decir, no solemos recibir en nuestra casa, a alguien a quien nada, o muy pocas cosas nos unen. Uno invita a su casa a las personas que verdaderamente aprecia, en las cuales está seguro de poder depositar su confianza y su cariño, y a quienes les une lazos de verdadera y sincera amistad o compañerismo.
Recibir a Jesús, entonces, implica que le damos entrada a nuestra intimidad. Significa que renunciamos a la postura egoísta y mezquina con la que solemos manejar nuestra vida personal, y permitimos que Él se involucre directa y profundamente en nuestras decisiones, en nuestras actitudes, en nuestra forma de pensar, de sentir, y en la cotidianidad y manera con que nos involucramos con el resto del planeta. Recibir a Jesús es renunciar a ser los amos de nosotros mismos, entregarle a Él el trono de nuestro corazón, e invitar a su Espíritu Santo a que sea nuestro pastor y nuestro Padre.
Creer en el nombre de Jesús es entender que no hay ningún otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, y en el cual podamos ser salvos. Es saber que no existe ningún otro mediador entre Dios y los hombres, sino Jesucristo hombre. Es conocer que ante la autoridad de ese nombre se ha de doblar toda rodilla y que dicho nombre ha sido puesto sobre todo otro nombre. Jesús es el Hijo Unigénito de Dios, el primogénito de toda creación, ha sido puesto por encima de huestes, entidades, potestades y gobernadores en el cielo y en la tierra. En Él, Dios quiso que fuera depositada toda la plenitud de la deidad. Él estaba en el principio con el Padre, todas las cosas por Él fueron hechas y para Él. Sin Él nada de lo que existe fue hecho. Es el camino, la verdad y la vida. Es la luz de los hombres, nuestro único y suficiente salvador, y en Él tenemos esperanza de vida eterna y herencia del Padre. Nadie hay por encima de Él. Jesucristo es TODO.
Bien, la porción de la Palabra de Dios que describe quiénes son hijos de Dios, está escrita en el evangelio de Juan, en el Capítulo 1. De hecho, me parece una buena idea, que mientras están leyendo esto, busquen una Biblia. Algunos posiblemente la encuentren un poquito empolvada y vieja, tal vez era la Biblia de la abuela, y, si no lo han estado haciendo, desde hoy comiencen, desde el evangelio de Juan, a leer si lo que yo digo es o no es cierto. No para tener argumentos, sino para recibir revelación. Estoy absolutamente seguro, que Dios los ha estado esperando en el silencio de su lugar secreto, y que les contará cosas que no sabían acerca de ustedes mismos, que les mostrará el sentido personalísimo de su amor por cada uno de ustedes, y que eso, estoy por completo convencido, les cambiará la vida para siempre.
No lo olviden: Es hijo el que recibe a Cristo en su corazón, con absoluta sinceridad y rendición, y cree en su Santo Nombre.

ESO NO ESTÁ EN LA BIBLIA - TERCERA PARTE

También escucho que la gente piensa cosas absurdas y, en algunos casos, malintencionadas, acerca del diezmo. Algunos pseudo-ortodoxos, por ejemplo, dicen que el diezmo es un precepto que se instauró, en su momento, sólo para los judíos o, en todo caso, que su obligación era sólo para el tiempo del antiguo testamento. Frente a lo primero, hay que decir que Abraham y Jacob diezmaron siglos antes de que el diezmo fuera instaurado en la Ley Mosaica, y aún Abel ofrendaba a Dios antes que las ofrendas estuvieran consagradas como obligación para el pueblo de Israel, lo que deslegitima el argumento de que el diezmo es sólo para judíos. Con relación a lo segundo, en tiempos de Jesús, Él mismo exhortó a los que diezmaban y ofrendaban todo lo que conseguían, pero olvidaban ayudar a los más necesitados, haciéndoles ver que era necesario que hicieran lo uno, sin dejar de hacer lo otro, con lo cual se invalida, además, otro argumento común que dice que en lugar de diezmar, es mejor darle el dinero o ayuda a los pobres. Y, para los que piensan que el diezmo no es una verdad presente, en el libro de Hebreos, es decir después que Jesús murió, resucitó y ascendió a la diestra del Padre, tres veces se menciona el diezmo como un precepto vigente. Por último, para los seguidores de los Falsos Profetas de la postmodernidad, que afirman con descaro y pretendida sapiencia, que el diezmo es un engaño, los remito, entre otros, a las palabras del profeta Malaquías, último libro del antiguo testamento, en donde claramente se desvela la verdadera razón de ser del diezmo, y a renglón seguido explico lo que Dios me enseñó al respecto.
Cuando Dios creo el universo, todo lo que existe, las maravillas de la naturaleza, los milagros que frente a nuestro ojos se pasean día a día, la diversidad de especies forestales y animales, el agua, los astros solares, los fenómenos naturales, las leyes de la física, la química, la termodinámica, etc., lo hizo antes de crear a la raza humana. La razón es muy simple: quería entregarnos un mundo maravilloso, inmejorable, sin igual, sorprendente, para que lo disfrutáramos. Todo lo hizo, para nuestro deleite. Todo lo hemos recibido de Dios: la vida, el aire para respirar, el sol, el agua, los alimentos, un planeta habitable y apto para la existencia (haciendo abstracción de los desastres que el hombre ha hecho con la Tierra), la capacidad de pensar, de sonreír, de sorprendernos, de decidir, de amar, de soñar, de sentir placer, etc.
Todo lo recibimos de Él. Todo le pertenece finalmente a Él. Todo volverá a Él. Así que, cuando Él demanda de nosotros, solamente el diez por ciento de lo que nos da, el noventa por ciento restante sigue siendo de Él. Claro, diría alguno, entonces no debería pedirnos nada, porque al final todo va a volver a Él. Y, parece tener sentido. No obstante, es la misma lógica que dice: “¿si era malo que el hombre consumiera el fruto del árbol del bien y del mal en el huerto del edén, por qué Dios lo colocó en medio del huerto?, ¿No parece un poco perverso, provocar, o “tentar” al hombre? Bueno, lo primero es aclarar que Dios no tienta a nadie, y el relato bíblico dice que quien tentó al ser humano fue la Serpiente Antigua, o diablo, o Satanás. Dios prueba los corazones, porque nos dio la libertad de elegir entre obedecerlo o no. Si Dios hubiera querido adoradores incorruptibles, habría creado seres autómatas, sin voluntad, que sólo hicieran lo que Él dijera, sin reparar, sin excusas, sin reservas, y en ese evento, creo, la historia habría sido bastante aburrida. En efecto, cuando algo o alguien hace, lo que está automáticamente programado para hacer, sin sorpresas, la cosa no tiene nada de emoción.
Pero el Dios que conozco es la persona más divertida del universo. Él se emociona y se alegra tremendamente cuando sus expectativas con el hombre se ven recompensadas, al hallar personas que están dispuestas a obedecerle cueste lo que cueste, voluntariamente. Dios, ante individuos con un corazón rendido a Él, que hacen lo que Él quiere, tiene una eternidad de bendiciones. Ese es el propósito del diezmo. Dios pide, como lo dice el profeta Malaquías, que lo probemos a Él, si no abrirá ventanas en los cielos y derramará bendiciones hasta que sobreabunden, si obedientemente ofrendamos, diezmamos, y en todo hacemos su voluntad.
Por último, aunque Dios no necesita de nosotros, porque todo le pertenece, es el dueño del oro y de la plata, todo el universo conocido lo extiende con sus manos, a través de los diezmos y ofrendas nos bendice (yo lo he podido comprobar muchísimas veces), y utiliza el fruto de nuestra obediencia para extender su reino. El que existan algunos falsos “pastores” que engañan a la gente y le sonsacan sus bienes, y aunque también hayan falsos “siervos” de Dios que utilizan la generosidad de la gente y se aprovechan de su buena fe para estafarlos, eso no nos excusa de obedecer a Dios, porque el cumplir lo que la Biblia determina, es algo entre Dios y yo, individualmente.

ESO NO ESTÁ EN LA BIBLIA - SEGUNDA PARTE

Otro ejemplo, muy común, de cosas que no están en la Biblia, es la frase: “Ayúdate que yo te ayudaré”.Me complace decirles que no es cierto. La Palabra de Dios dice otras cosas, que aunque parecieran estar en la misma dirección, en realidad le dan el enfoque correcto a la idea. Es decir, la gente piensa que hay que trabajar duro, esforzarse mucho, siendo honestos y todo lo demás, para que entonces Dios se sienta complacido de nuestro comportamiento y nos bendiga. Bueno, no es así. Lo que Dios estableció es: “Busca primeramente el reino de los cielos, y todas las demás cosas os serán añadidas”, “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas todas vuestras peticiones en toda oración y súplica en el espíritu”, “Vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas esas cosas”, etc. Entonces, lo que el Padre quiere es que no nos afanemos por las cosas de la vida, ni pensemos que en la medida de nuestro esfuerzo es que seremos bendecidos, sino, al contrario, que descansemos en Dios y en sus promesas, lo busquemos, primeramente a Él, hagamos en todas las cosas su voluntad, y que Él sea nuestra verdadera prioridad. En consecuencia, todo lo que hagamos, el fruto de nuestro trabajo, nuestro empeño, y nuestra dedicación, serán recompensadas, no a la medida de nuestro compromiso personal con el trabajo o el oficio que desempeñamos, o las tareas o proyectos que emprendamos, sino conforme a la medida de nuestra rendición a Dios, y de nuestra búsqueda de Él. Y creo que Nuestro Padre Celestial es mucho más “buena paga”, que cualquier jefe o empleador terrenal.

ESO NO ESTÁ EN LA BIBLIA - PRIMERA PARTE

Con frecuencia escuchamos expresiones o ideas que la gente piensa que son tomadas de la Biblia, o cosas que la gente cree acerca de la Biblia, que ni están escritas allí, ni son verdad. Por ejemplo, algunos piensan que la Biblia dice: “Ni la hoja de un árbol se cae sin su voluntad”. Bueno, aunque suena bonito, y podría decirse que efectivamente Dios lo sabe todo y nada pasa sin que Él lo sepa (Jesús dice, en el evangelio de Mateo, que nuestros cabellos están todos contados), la verdad es que esa expresión no aparece en la biblia, y de hecho, si en todo se hiciera la voluntad de Dios, el mundo sería completamente distinto. Incluso, me atrevo a pensar que lo que menos se ve, muchas veces, es la voluntad de Dios en las cosas que el hombre hace. La ruina, la destrucción moral, la enfermedad, en general, son ejemplos de cosas que no son la voluntad original de Dios, sino el efecto de los actos humanos por fuera de la voluntad de Dios. Las consecuencias tan devastadoras en el clima, en la salud del planeta, en el futuro de muchas especies de plantas y animales, son el producto de la ambición desmedida y la deliberada maldad con que el hombre ha tratado el medio ambiente, en abierta oposición a la verdadera mentalidad de la Biblia y del creador. Nuestro Padre Celestial, en su ley, estableció, lo que podríamos llamar, premios y castigos, o, mejor, bendiciones y maldiciones. Las primeras para los que hacen su voluntad, y las segundas para quienes actúan en contra o por fuera de ella. Jesús sabiamente enseño a orar: “Padre, hágase tu voluntad, como es en el cielo, que así también sea en la tierra”. Entonces, si es algo que tenemos que pedirle a Dios para que suceda, es porque normalmente no sucede. Pero, si las actitudes del hombre reflejaran con más frecuencia la voluntad de Dios, buena y perfecta, el mundo sería un lugar mejor.

LA OFRENDA DE ABEL


Hace un tiempo, conversando por e-mail con alguien, le daba mis puntos de vista acerca de la ofrenda de Abel, y el por qué fue vista con mejores ojos delante de Dios. Lo que opiné entonces, en líneas generales, es lo que expongo aquí.
Antes quiero resaltar que el ofrendar a Dios, como lo dice Proverbios 3:9, es una forma de honrarlo y que Dios honra a los que le honran, como dice 1 Samuel 2:30. Lo menciono ahora, porque no voy a tocar en detalle ese aspecto, pero sería inaceptable soslayarlo por completo. Lo que sucede es que para efectos de lo que me propongo plantear aquí, hablar de la honra a Dios a través de lo que le damos a él con nuestros diezmos u ofrendas, y cómo nos honra él por hacerlo, trayendo a memoria lo que le damos (Salmo 20:3), entre otras formas de honra, desbordaría por completo el propósito de este escrito. Así que prefiero dejarlo simplemente planteado como una especie de ropaje invisible que le doy a mis palabras, y que el lector ya no va a ignorar porque empecé haciendo mención de ello.
Mi interlocutor opinaba que Caín había hecho una mala elección porque diezmó del fruto de la tierra, es decir que ofrendó, por decirlo así, maldición, ya que Dios había dicho que la tierra sería maldita por causa del pecado, en lugar de traer ofrendas de animales como hacía su hermano. Sin embargo, en Mateo 23:23 Jesús acusa a los escribas y fariseos por cuanto diezmaban la menta, el eneldo y el comino, lo cual en sus palabras "era necesario hacer, sin dejar de lado la justicia, la misericordia y la fe”, cosa que olvidaban aquellos.
Nótese que el Maestro trae a memoria, avalándolo además como una obligación, el precepto establecido en Levítico 27. Lo que quiero decir es que el ofrecer de todo lo producido por la tierra era, por decirlo de algún modo, un imperativo espiritual de Caín, como agricultor, para con Dios (Deuteronomio 14:22), más que una elección. Lo pongo en otras palabras: Si Caín quería ofrecer una ofrenda agradable a Dios, con sacrificio de animales, por ejemplo, bien podía hacerlo comprándole a su hermano o  a su padre dicha ofrenda (Deuteronomio 14:24-26), pero su obligación, como agricultor, era ofrecer de la tierra, la simiente de la tierra y el fruto de los árboles (Levítico 27:30).
Un pequeño paréntesis para aclarar que los preceptos acerca de las ofrendas y los diezmos solo vieron su existencia con la ley mosaica, varios siglos después de Caín y Abel, lo que me inclina a pensar que Abel había alcanzado una comunión estrecha con el Espíritu de Dios tal, que éste le reveló la verdad y el secreto maravilloso acerca del ofrendar, y la ley de la siembra y la cosecha que resume la justicia divina, en tanto que Caín no tenía ese nivel de discernimiento. No olvidemos que Abel fue llamado justo (Hebreos 11: 4).
Ahora bien, cuando leemos en Hebreos 11:4, nos damos cuenta que hay una diferencia evidente en el sacrificio de Abel y el de su hermano Caín. Destaco: "Por la fe Abel ofreció más excelente sacrificio" (ofrenda). Ahora preguntó: ¿En qué consistió la fe de Abel?
Primera hipótesis. Abel tuvo fe que a Dios le agradaría más su ofrenda que la de su hermano. No parece que fuera eso, si asumimos que en todo caso Abel no estaba necesariamente sumergido en la mente de Dios, y tampoco sabía lo que había en el corazón de su hermano, ni nos consta en la Biblia que tuviera un referente de cuál podría ser una ofrenda mejor vista por Dios.
Segunda hipótesis. Abel tuvo fe que a Dios le gustaría más la ofrenda de animales que la ofrenda de la tierra. Definitivamente no: era tan imperativo ofrecer de los frutos de la tierra para Caín, como de los primogénitos de las crías para Abel.
Tercera hipótesis. Abel tuvo fe que su ofrenda, siendo para cualquiera de los dos un sacrificio (desprendimiento, si lo vemos de esa forma), Dios podría bendecirle con abundancia si él ofrendaba con generosidad. Sí, definitivamente.
La diferencia entre una ofrenda y otra, está indefectiblemente delimitada por la fe de Abel que le motivó a presentar una ofrenda generosa y desprendida, y la falta de fe de Caín que le hizo ofrendar con mezquindad. Abel creyó que Dios recompensaría su esfuerzo, y a Dios le agradó la fe con que Abel se esforzó (sin fe es imposible agradar a Dios, dice Hebreos 11:6). Si recordamos, fue el Rey David quien dijo: "no ofreceré holocausto a Jehová que no me cueste" (2 Samuel 24:24).
Hay muchos ejemplos en la Biblia sobre lo que digo, pero sólo mencionaré algunos.
Jacob decidió diezmar, antes que la ley acerca del diezmo existiera (Génesis 28:20-22), y Jehová honró su fe y lo recompensó grandemente.
Abraham dio su ofrenda al Ángel de Jehová (los teólogos llaman al Ángel de Jehová una Cristofanía, es decir, Cristo Preencarnado), creyendo que para recibir su ofrenda era que éste había venido  (Génesis 18:5), y el Ángel le anunció el nacimiento de su hijo Isaac, el hijo de la promesa, a quien luego Abraham ofreció por fe (creyendo que Dios le podía levantar de los muertos) y nuevamente el Ángel de Jehová, honrando su fe, lo bendijo (Génesis 22:15-16).
Por fe, la viuda pobre ofreció todo lo que tenía, que no era sino "dos blancas" (Lucas 21:1-4), abandonándose completamente al socorro de Dios,  que dicho sea de paso, estaba frente a ella, viéndola, y yo solo puedo imaginarme que después de aquello la viuda pobre dejó de ser viuda y dejó de ser pobre, porque se encontró con Dios mientras ella le ofrendaba.
Por último, la viuda de Sarepta, que no era judía, no era del pueblo de Israel, como bien lo pone de presente Jesús (Lucas 4:25-26), pero que le creyó a Dios, por la palabra del profeta Elías, ofreció el puñado de harina y el poquito de aceite que eran toda su provisión y sustento, y nunca más escaseó la provisión en su casa (1 Reyes 17:12-16).
Como vemos, la razón por la cual agrado a Dios más la ofrenda de Abel que la de Caín, fue la fe que activó la generosidad y el desprendimiento en el corazón de Abel.
Por último, aclarando el concepto de la tierra maldita por el pecado, quiero poner de presente que la maldición consistió en que daría fruto con esfuerzo; tendría que labrarla con sacrificio y al lado del fruto estarían los cardos y las espinas (Génesis 3:17-19). Nunca dijo Dios que el fruto de la tierra sería maldito, o que estuviera bajo maldición, sino que la tierra sería maldita, y ya dijimos en qué sentido, porque antes del pecado ya el fruto estaba destinado para alimento, de lo contrario seríamos malditos todos los días comiendo frutos malditos.
Lo aclaro mejor. Antes del pecado, el hombre no labraba la tierra con esfuerzo (Génesis 2:5-6, 15). La maldición de la tierra, hizo que tuviese que ser labrada con dolor y esfuerzo. La mujer también fue maldita, en el sentido que debía dar a luz sus hijos con dolor, no en el sentido que sus hijos fueran malditos, pienso yo. Es decir, antes del pecado Dios había previsto que los hijos nacieran sin dolor, o con un dolor menor, pero después del pecado Dios “multiplicó en gran manera los dolores del parto”.