viernes, 6 de julio de 2012

LA OFRENDA DE ABEL


Hace un tiempo, conversando por e-mail con alguien, le daba mis puntos de vista acerca de la ofrenda de Abel, y el por qué fue vista con mejores ojos delante de Dios. Lo que opiné entonces, en líneas generales, es lo que expongo aquí.
Antes quiero resaltar que el ofrendar a Dios, como lo dice Proverbios 3:9, es una forma de honrarlo y que Dios honra a los que le honran, como dice 1 Samuel 2:30. Lo menciono ahora, porque no voy a tocar en detalle ese aspecto, pero sería inaceptable soslayarlo por completo. Lo que sucede es que para efectos de lo que me propongo plantear aquí, hablar de la honra a Dios a través de lo que le damos a él con nuestros diezmos u ofrendas, y cómo nos honra él por hacerlo, trayendo a memoria lo que le damos (Salmo 20:3), entre otras formas de honra, desbordaría por completo el propósito de este escrito. Así que prefiero dejarlo simplemente planteado como una especie de ropaje invisible que le doy a mis palabras, y que el lector ya no va a ignorar porque empecé haciendo mención de ello.
Mi interlocutor opinaba que Caín había hecho una mala elección porque diezmó del fruto de la tierra, es decir que ofrendó, por decirlo así, maldición, ya que Dios había dicho que la tierra sería maldita por causa del pecado, en lugar de traer ofrendas de animales como hacía su hermano. Sin embargo, en Mateo 23:23 Jesús acusa a los escribas y fariseos por cuanto diezmaban la menta, el eneldo y el comino, lo cual en sus palabras "era necesario hacer, sin dejar de lado la justicia, la misericordia y la fe”, cosa que olvidaban aquellos.
Nótese que el Maestro trae a memoria, avalándolo además como una obligación, el precepto establecido en Levítico 27. Lo que quiero decir es que el ofrecer de todo lo producido por la tierra era, por decirlo de algún modo, un imperativo espiritual de Caín, como agricultor, para con Dios (Deuteronomio 14:22), más que una elección. Lo pongo en otras palabras: Si Caín quería ofrecer una ofrenda agradable a Dios, con sacrificio de animales, por ejemplo, bien podía hacerlo comprándole a su hermano o  a su padre dicha ofrenda (Deuteronomio 14:24-26), pero su obligación, como agricultor, era ofrecer de la tierra, la simiente de la tierra y el fruto de los árboles (Levítico 27:30).
Un pequeño paréntesis para aclarar que los preceptos acerca de las ofrendas y los diezmos solo vieron su existencia con la ley mosaica, varios siglos después de Caín y Abel, lo que me inclina a pensar que Abel había alcanzado una comunión estrecha con el Espíritu de Dios tal, que éste le reveló la verdad y el secreto maravilloso acerca del ofrendar, y la ley de la siembra y la cosecha que resume la justicia divina, en tanto que Caín no tenía ese nivel de discernimiento. No olvidemos que Abel fue llamado justo (Hebreos 11: 4).
Ahora bien, cuando leemos en Hebreos 11:4, nos damos cuenta que hay una diferencia evidente en el sacrificio de Abel y el de su hermano Caín. Destaco: "Por la fe Abel ofreció más excelente sacrificio" (ofrenda). Ahora preguntó: ¿En qué consistió la fe de Abel?
Primera hipótesis. Abel tuvo fe que a Dios le agradaría más su ofrenda que la de su hermano. No parece que fuera eso, si asumimos que en todo caso Abel no estaba necesariamente sumergido en la mente de Dios, y tampoco sabía lo que había en el corazón de su hermano, ni nos consta en la Biblia que tuviera un referente de cuál podría ser una ofrenda mejor vista por Dios.
Segunda hipótesis. Abel tuvo fe que a Dios le gustaría más la ofrenda de animales que la ofrenda de la tierra. Definitivamente no: era tan imperativo ofrecer de los frutos de la tierra para Caín, como de los primogénitos de las crías para Abel.
Tercera hipótesis. Abel tuvo fe que su ofrenda, siendo para cualquiera de los dos un sacrificio (desprendimiento, si lo vemos de esa forma), Dios podría bendecirle con abundancia si él ofrendaba con generosidad. Sí, definitivamente.
La diferencia entre una ofrenda y otra, está indefectiblemente delimitada por la fe de Abel que le motivó a presentar una ofrenda generosa y desprendida, y la falta de fe de Caín que le hizo ofrendar con mezquindad. Abel creyó que Dios recompensaría su esfuerzo, y a Dios le agradó la fe con que Abel se esforzó (sin fe es imposible agradar a Dios, dice Hebreos 11:6). Si recordamos, fue el Rey David quien dijo: "no ofreceré holocausto a Jehová que no me cueste" (2 Samuel 24:24).
Hay muchos ejemplos en la Biblia sobre lo que digo, pero sólo mencionaré algunos.
Jacob decidió diezmar, antes que la ley acerca del diezmo existiera (Génesis 28:20-22), y Jehová honró su fe y lo recompensó grandemente.
Abraham dio su ofrenda al Ángel de Jehová (los teólogos llaman al Ángel de Jehová una Cristofanía, es decir, Cristo Preencarnado), creyendo que para recibir su ofrenda era que éste había venido  (Génesis 18:5), y el Ángel le anunció el nacimiento de su hijo Isaac, el hijo de la promesa, a quien luego Abraham ofreció por fe (creyendo que Dios le podía levantar de los muertos) y nuevamente el Ángel de Jehová, honrando su fe, lo bendijo (Génesis 22:15-16).
Por fe, la viuda pobre ofreció todo lo que tenía, que no era sino "dos blancas" (Lucas 21:1-4), abandonándose completamente al socorro de Dios,  que dicho sea de paso, estaba frente a ella, viéndola, y yo solo puedo imaginarme que después de aquello la viuda pobre dejó de ser viuda y dejó de ser pobre, porque se encontró con Dios mientras ella le ofrendaba.
Por último, la viuda de Sarepta, que no era judía, no era del pueblo de Israel, como bien lo pone de presente Jesús (Lucas 4:25-26), pero que le creyó a Dios, por la palabra del profeta Elías, ofreció el puñado de harina y el poquito de aceite que eran toda su provisión y sustento, y nunca más escaseó la provisión en su casa (1 Reyes 17:12-16).
Como vemos, la razón por la cual agrado a Dios más la ofrenda de Abel que la de Caín, fue la fe que activó la generosidad y el desprendimiento en el corazón de Abel.
Por último, aclarando el concepto de la tierra maldita por el pecado, quiero poner de presente que la maldición consistió en que daría fruto con esfuerzo; tendría que labrarla con sacrificio y al lado del fruto estarían los cardos y las espinas (Génesis 3:17-19). Nunca dijo Dios que el fruto de la tierra sería maldito, o que estuviera bajo maldición, sino que la tierra sería maldita, y ya dijimos en qué sentido, porque antes del pecado ya el fruto estaba destinado para alimento, de lo contrario seríamos malditos todos los días comiendo frutos malditos.
Lo aclaro mejor. Antes del pecado, el hombre no labraba la tierra con esfuerzo (Génesis 2:5-6, 15). La maldición de la tierra, hizo que tuviese que ser labrada con dolor y esfuerzo. La mujer también fue maldita, en el sentido que debía dar a luz sus hijos con dolor, no en el sentido que sus hijos fueran malditos, pienso yo. Es decir, antes del pecado Dios había previsto que los hijos nacieran sin dolor, o con un dolor menor, pero después del pecado Dios “multiplicó en gran manera los dolores del parto”.